
Ante la realidad que nos circunda, percibimos a menudo que la familia y la sociedad están en crisis. Si bien vivimos un momento difícil por la magnitud y la aceleración de los cambios que a veces no podemos asimilar, se suma a esto un desconcierto en los parámetros para determinar los auténticos valores de una sociedad más justa y solidaria. El tema de los valores preocupó a los pensadores de todos los tiempos, quienes muchas veces se cuestionaron si existían valores morales absolutos o relativos a las épocas y las costumbres.En realidad, los valores de cada sociedad se construyen con el tiempo, a medida que las sociedades maduran, así como los valores individuales se consolidan a medida que se crece como persona. Luego, la historia o el tiempo, nos dirán si la elección fue la conveniente o acertada.Pero lo que nadie duda es que sería imposible estructurar una sociedad sin bases de convivencia duradera y pautas compatibles con los principios culturales y humanísticos que fueron consolidándose a través de los siglos por encima de las diferencias que jalonaron el devenir humano.La declaración mundial de los derechos humanos es prueba de ello y de que los hombres y las comunidades, se ocupan cada vez más de los mismos.hay un deber individual, familiar y social, por mostrar a las generaciones jóvenes cómo se viven esos valores.Hay un viejo refrán que sentencia: "Explicamos lo que sabemos, pero enseñamos lo que somos".La aceleración de los cambios y las exigencias de nuestros días, unido a pautas de comunicación que exaltan la trivialidad, dejan en un segundo plano los ideales sociales duraderos y compartidos, y lo que es peor aún, debilitan los soportes familiares que proporcionan identidad al individuo.La estructura familiar afronta hoy dos grandes crisis. Una de ellas tiene que ver con la organización, es decir, la equiparación de las actividades de la mujer y del hombre fuera del ámbito del hogar. Esta situación, surgida en parte por la saludable oportunidad de la mujer de ejercitar sus capacidades, está sujeta también a las tremendas exigencias que la postmodernidad impuso a los puestos de trabajo, incluyendo la prolongación de los horarios laborales, sintiéndose sobreexigida al no poder obviar su papel de esposa y madre.El otro problema, directamente relacionado con el anterior, es el de la inseguridad económica, lo que trae aparejado situaciones conflictivas en el ámbito matrimonial y familiar fruto del nerviosismo y la irritabilidad.Los hijos, frente a esta realidad, están solos, con el televisor o con terceras personas la mayor parte de su tiempo sin poder compartir momentos de calidad con sus padres.Y los hijos necesitan del tiempo de los padres, tanto en cantidad como en calidad.¿Qué hacer?Debemos detenernos a meditar, a repensar nuestras finalidades existenciales, porque de lo contrario dañaremos tremendamente la estructura básica de esa sociedad que nos enajena: la familia.La evolución de la historia del hombre siempre rescató la imagen de la familia como el núcleo social básico, en el cual el niño desarrolla y ejercita la capacidad de amar, la afectividad sin condicionamientos, el diálogo sincero, el respeto mutuo, la solidaridad, la idea de la virtud y del error, la verdad y la justicia, que le permitirán luego establecer vínculos y realizarse como ser humano, porque en la familia logró atravesar la más gruesa de todas las murallas: la del egoísmo personal.Intentemos fomentar entonces una educación tendiente al desarrollo de los valores morales, aquellos que contemplan el amor y la solidaridad como vías de acceso al progreso del hombre y de la sociedad.
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